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La flor de 20 pétalos: la historia detrás del cempasúchil 

La flor de 20 pétalos: la historia detrás del cempasúchil 

Conoce la leyenda, el origen y el significado ritual del cempasúchil, la flor emblemática de Día de Muertos en México.

En México, el otoño no solo se siente en el viento; se respira en el aroma a tierra húmeda y cempasúchil. Cuenta la leyenda náhuatl que esta flor nació del amor entre Xóchitl y Huitzilin, dos jóvenes que subían a lo alto de un cerro para ofrecerle flores al sol como símbolo de su cariño. Cuando Huitzilin murió en batalla, el dios del sol, Tonatiuh, se conmovió tanto ante el dolor de Xóchitl que dejó caer un rayo sobre ella, transformándola en una flor de colores encendidos, guardando la energía solar en sus pétalos para siempre —mientras que a él lo convirtió en colibrí, para que pudiera visitarla y posarse en su centro una y otra vez. Es una historia que se ha transmitido de generación en generación, más por la voz que por la escritura, así que es difícil saber con precisión su forma original. Pero quizás por eso se ha sostenido tanto tiempo: porque recuerda algo que queremos creer cierto, que el amor trasciende la muerte, que el alma puede cambiar de forma o de cuerpo —convertirse en flor, en colibrí, en lo que sea necesario— pero que el vínculo entre dos almas que se pertenecen no se rompe tan fácil. Como suele pasar con los mejores mitos, no necesita comprobarse para sentirse verdadero.

Más allá de ese hermoso relato y de su propósito de guiar con su luz a quienes ya no están, el cempohualxochitl —su nombre en náhuatl, que suele traducirse como "flor de veinte pétalos"— tiene también una historia de uso cotidiano que pocas veces se cuenta junto a la leyenda. El cempasúchil es Tagetes erecta, originario de México, y pertenece a la misma gran familia botánica que la caléndula —la de las margaritas—, aunque son especies distintas, con orígenes y usos que no siempre coinciden. En la medicina tradicional mexicana, esta flor no era únicamente un puente ritual entre la vida y la muerte: las curanderas preparaban infusiones de sus flores para aliviar problemas digestivos como el empacho y para calmar resfriados y tos. Su aroma intenso —el mismo que hoy perfuma los altares— también se aprovechaba desde entonces para ahuyentar insectos; algo que la ciencia moderna ha terminado confirmando parcialmente, ya que ciertos compuestos naturales presentes en la planta tienen un efecto repelente real, por lo que todavía se usa hoy en la agricultura como protección natural para otros cultivos. Más allá del cuerpo, también se usaba en limpias energéticas durante todo el año, no solo en esta temporada, pasando las ramas floridas sobre el cuerpo como parte de rituales de sanación.

Vale la pena ser honestas en un punto: a diferencia de la caléndula, el cempasúchil no cuenta con el mismo respaldo de uso en el cuidado de la piel, y en perfumería su aceite está restringido por los organismos internacionales que regulan la industria (IFRA), debido a su potencial fotosensibilizante —es decir, su capacidad de hacer que la piel reaccione más fuerte ante el sol—. Por eso no es un ingrediente que utilicemos en nuestras fórmulas, aunque eso no le resta nada a su valor: el cempasúchil no necesita estar en un frasco para ser significativo. Su lugar es otro, y es uno que ninguna fórmula podría reemplazar.

Quizás por eso esta celebración tiene algo que otras no tienen: en lugar de esconder a la muerte, la sienta a la mesa, le sirve pan y le pone flores en el camino. Y hay algo profundamente sanador en eso. Pensar en quienes ya no están, aunque sea una vez al año, también es una forma de recordarnos que estamos aquí, respirando, con tiempo todavía por delante. El cempasúchil no solo guía a las almas de regreso; de paso, nos regresa a nosotras al presente, a este cuerpo, a este día, a lo único que de verdad tenemos con certeza: el ahora. Honrar a la muerte, al final, es también una manera de honrar lo vivo.